CONTRA LAS TENDENCIAS RELIGIOSAS DE FACTURACION MESIÁNICA

Ender Urribarrí B. | 2004-10-20 17:11:52

La historia de los cristianos nunca se ha petrificado en el pasado. Su profunda trascendencia llega hasta nuestros días, dejando bien asentada su huella en el correr de los siglos, y como tinta indeleble ha escrito las páginas de la historia de la humanidad en los últimos dos mil años.
Pero las distintas manifestaciones erróneas que resistieron ferozmente el curso de este desarrollo histórico tampoco se han petrificado. La historia de los distintos movimientos y tendencias que combatieron contra el cristianismo han estado presentes en todo el correr de estos siglos, cual círculo vicioso de nunca acabar. Toca, por lo tanto, recurrir a las mismas armas utilizadas por los primeros cristianos, los lineamientos del Evangelio, y hacer por medio de él la mejor defensa contra el error y la herejía.

El movimiento mesiánico actual no es nada nuevo. Desde los comienzos del cristianismo hubo la manifestación de estas fuertes tendencias que tantos conflictos le causó a estos primeros creyentes. ¿Tienen razón en lo que argumentan? ¿En qué nos apoyamos para decir que están equivocados? ¿Qué tan ciertas son sus declaraciones?


Esta es la motivación de este estudio, tratando de dar respuestas claras, por medio de la misma Palabra de Dios y las referencias históricas de los acontecimientos relacionados con los tres primeros siglos del cristianismo. La Biblia se explica a sí misma; ella es la que claramente señala qué creer, y la historia confirma qué creyeron los primeros cristianos y cómo utilizaron esta herramienta. Pero hay que ser muy cuidadosos en hablar lo que ella realmente habló, y respetar los límites hasta donde habló, para evitar especular y distorsionar su mensaje.

Este estudio está estructurado en cinco divisiones principales. En la primera sección se plantean los argumentos que fundamentan al movimiento mesiánico. Las secciones siguientes plantean los argumentos bíblicos e históricos que evidencian lo erróneo y herético de este movimiento. Así, en la segunda división, el estudio de los conflictos surgidos con los cristianos judíos de Jerusalén, señala que bajo ningún aspecto se admitió las tendencias judaizantes como prácticas cristianas. En la siguiente división, la trascendencia que tuvo las facciones judeocristianas entre las iglesias de Galacia, el Apóstol Pablo se opuso radicalmente a que las prácticas mosaicas fuesen incorporadas al evangelio. En la cuarta sección, el planteamiento de la idea de Dios de constituir un pueblo diferente a Israel, se evidencia que Israel y la Iglesia son dos entidades distintas. Y quinto, el análisis de las referencias históricas de la patrística cristiana de los primeros tres siglos, se confirma el rechazo de los creyentes de este tiempo con respecto a las tendencias judaizantes. Finalmente, se hace una reflexión respecto a las aplicaciones a las que todos debemos prestar atención, en nombre de la verdad revelada por el Señor en su Palabra.


1. Argumentos que Fundamentan al Movimiento Mesiánico


Para poder entender cuáles son los argumentos que fundamentan al movimiento mesiánico, es necesario diferenciar las dos tendencias principales que están ejerciendo su influencia dentro de las iglesias evangélicas. Una primera manifestación haya su fuente en los escritos de Julio Dam; la otra tendencia tiene su fuente de apoyo en los escritos del Dr. Dan ben Avraham.

Julio Dam es el líder espiritual de la congregación Beit Shalom (“Familia de Paz”), en Asunción, Paraguay. El Dr. Dan ben Avraham es actualmente el líder espiritual de la Congregación Mesiánica Jerusalem, Davie, Florida, USA, y Presidente de la Alianza Mesiánica Israelita (AMI). Ambos líderes se atribuyen la representación de la alianza de dos facciones de facturación judaizante. La primera, dirigida por Julio Dam, es una facción de corte radical, una especie de fundamentalismo ortodoxo “Plus Ultra”; la segunda, dirigida por Dan ben Avraham, es una modalidad más moderada y conservadora.

1.1 Respecto a la facción dirigida por Julio Dam, basado en las Notas No Publicadas tituladas “Fundando una sinagoga judío-mesiánica renovada”, páginas 9 al 11, los fundamentos doctrinales que sirven de piso a este movimiento son los siguientes:

1.1.1 La Sinagoga Judío Mesiánica del Rabino Yeshúa (SJMRI) “no es una denominación más entre las 2614 del Cristianismo. En realidad, la SMJRI no forma parte alguna del Cristianismo.” ...”Un judío mesiánico renovado por fe no es un cristiano, como tampoco fue cristiano el Rabino Yeshúa; es un judío por fe (y a veces por sangre) que ha encontrado a su Mashiaj /Mesías prometido al Pueblo de Israel.”

1.1.2 La SJMRI “tiene una doctrina abierta que está en constante expansión, siempre creciente, nunca descansando, ya que está siendo alimentada por una continua corriente de revelación del Cielo.”



1.1.3 La SJMRI “es Yahvé-céntrica, no “Jesús-céntrica”, como lo eran el Rabino Yeshúa y el Rabino Shául.”



1.1.4 La SJMRI “cree en la total autoridad de la Toráh /Instrucciones/”Ley” para todos los creyentes.” ... “no se trata de la misma Toráh externa en piedra o en pergamino que tienen los judíos no mesiánicos, sino de una Toráh internalizada por medio de tener al Rabino Yeshúa viviendo dentro de nosotros por medio del Espíritu Santo”...



1.1.5 La SJMRI “cree en las “fiestas solemnes de Yahvé ” como están enumeradas en la Toráh y las conmemora”...”Entre estas “fiestas solemnes de Yahvé” están el shabát, y las tres grandes fiestas anuales, Pascua / Pésaj, Pentecostés / Shavuót y Cabañas / SuKót.” ...”cree que existe solo una “Santa Cena” que, según la Escritura (1 Cor. 11:26) conmemora la muerte del Rabino Yeshúa, que es Pascua / Pésaj, no su resurrección. Él murió y resucitó precisamente en Pésaj, un sábado de noche, no cada primer domingo del mes, ni cada vez que a un pastor se le ocurre festejarlo.”



1.1.6 LSJMRI “adora a un Rabino Ortodoxo Judío llamado Yeshúa, y no a un Dios Gentil y antisemita llamado “Jesucristo”, que, por otro lado, jamás existió en realidad.” ...”El usar el verdadero nombre logra dos cosas: 1) Enfatiza QUIEN es el que salva: Yahvé; y 2) Nos enfatiza que Yahvé = Yeshúa, distanciándonos de la herejía dicotómica del “Dios judío Yahvé” y el “Dios Gentil, Jesucristo”.



1.1.7 La SJMRI “entiende la naturaleza tripartita de Elohím, no un Elohím en tres personas, que no tiene ni lógica ni sentido común y que tiene que “ser creído por fe”. En esta naturaleza de un Elohím en tres partes, Yahvé es el Alma / Mente de Elohím; Él es la idea detrás del Hijo, que es el Lógos hablado (Iojanán /”Jn.” 1.1) por el Viento /Espíritu Santo / Rúaj ha Kódesh.” ... “Un Elohím en tres Partes. ¡ESTO si tiene todo el sentido del mundo! Asimismo, Él nos hizo UNA persona con tres partes, como dice en 1 Tes. 5:23: “espíritu, alma y cuerpo”; nos hizo a “Su imagen y semejanza”. Si Él tuviese tres Personas, nosotros también, pero NO es así.”



1.1.8 La SJMRI cree en una Escritura que tiene 43 libros en total: 22 en el Tanák/”A.T.” y 21 en el Pacto Renovado/”N.T.”...



1.1.9 La SJMRI cree “en un Pacto Renovado/”N.T.” totalmente restaurado en toda su judeidad original, como era en el hebreo original que se hablaba en la época del Rabino Yeshúa y como lo dice la misma Escritura, no “arameo”...



1.1.10 La SJMRI “entiende que la fe no es meramente un credo que hay que aceptar y repetir de memoria, sino todo un proceso con pasos: desde una confianza a una relación íntima con Yahvé a una sumisión y obediencia, a un “espíritu de temor de Yahvé” (Is. 11:2; Rev. 4:5; 5:6), hasta llegar al producto final de la fe, que son las buenas obras/mitzvót”... “la salvación (del espíritu, no la de alma) es por fe”...”pero después está la salvación del alma de que tenemos que encargarnos y que se realiza con buenas obras/mitzvót (Lc. 14:26; 21:19; Jac./Stg. 1:21; Ioj./”Jn.” 12:25; Fil. 2:12; 1 P. 1:9; 2 Tes. 2:13)”...



1.1.11 Finalmente, la SJMRI “comprende que estamos pasando por la Tercera Reforma, que es la restauración de Yahvé en Su lugar y la sustitución del Dios Gentil Jesucristo por la verdadera identidad del Mashíaj. La del Rabino Ortodoxo judío Yeshúa”...



1.2 En relación con la segunda facción, liderizada por Dan ben Avraham, en su libro “Manifiesto mesiánico Iberoamericano”, coincide en muchos aspectos con la doctrina conservadora de las iglesias evangélicas, pero difiere esencialmente en lo referente a su concepción tocante a la Ley y las costumbres judaizantes. En este manifiesto referido, el autor enfatiza en el rol protagónico que creen que los mesiánicos deben asumir en cuanto a la labor de ministrar a los creyentes de origen gentil, “para que descubran las raíces hebreas de su fe, asuman un estilo de vida consecuente con tal descubrimiento y juntos podamos provocar a celos a los judíos no mesiánicos para llamar su atención a la fe mesiánica.” (p. 32). El sentido de esta declaración tiene que ver con el hecho de que los creyentes deben “aceptar nuevamente la Ley, y conducirse por sus lineamientos y costumbres establecidas”, según lo señala en su libro “Israel Misterio y Revelación”: ...”decir que la Ley es contraria a la gracia es un grave error teológico que resulta de una incorrecta interpretación de las controversias rabínicas entre Yeshúa y los diferentes grupos de sectas judías del primer siglo.” ...”El resultado de esta forma de pensamiento ha sido una teología y una generación de creyentes formados por esa teología que inconscientemente rechaza la Toráh (Ley) por considerarla contraria a la gracia.” (p. 89); “todos los discípulos del Mesías deberían conocer la Toráh y vivir en obediencia a la Toráh como explicada por el Mesías para venir a ser semejantes a Yeshúa.” (p. 167). De manera similar, al enfatizar su punto de vista respecto a las celebraciones hebreas, declara: ...”las fiestas creadas, establecidas, entregadas y ordenadas por el Señor a Israel tienen una proyección soteriológica que se *****ple en el Calvario pero además poseen una proyección escatológica y profética todavía en el futuro hacia la cual apuntan.”... “Que dichas celebraciones sean válidas para los judíos podría ser fácilmente aceptada, pero ¿sería válida también para los gentiles?” ...”La mentalidad anti-Toráh que se ha transmitido por medio de la cultura teológica venida de Roma a todo el cristianismo podría llevar a pensar que la celebración de estas fiestas o la adopción de esta cultura sería una manera de “judaizar” a los gentiles y “colocarlos bajo la Ley”. Nada tan lejos de la verdad.” (p. 99); o como también declara en el Manifiesto Mesiánico antes citado, en torno a sí los mesiánicos iberoamericanos celebran las festividades judías (p. 33,34): “De manera que no son de los judíos o israelitas, sino del Señor. Él las creó, las reveló y las encomendó en forma de mandamientos y estatutos para nuestro pueblo con un propósito específico: Darnos una cultura diferente al resto de las naciones del mundo para que sirviéramos de honra a Su Nombre y de punto de referencia de lo que Di-s quería para el resto de la humanidad, para que todos vinieran a ser un “pueblo santo a Jehová”; ...”las celebramos, no bajo el orden legalista rabínico, sino bajo la visión nueva y fresca que de las mismas hemos recibido por el ministerio de nuestro Mesías...”; “Al mismo tiempo creemos que nuestros hermanos en la fe de origen gentil, en el uso de su libertad que tienen también en Yeshúa, son libres para decidir no celebrarlas.”



El énfasis principal de Dan ben Avraham radica principalmente en que Jesús “no vino para destruir el judaísmo sino todo lo contrario para salvarlo.” (Israel Misterio y..., p. 143), y por lo tanto, él afirma que “La no-comprensión de estos hechos ha llevado a muchos cristianos a cometer un grave error, el de pensar que la aparición del Mesías significó el fin de Moisés, el fin de la Toráh y la abolición del judaísmo.” (Loc. Cit.). Afirma, además, que este error ha conducido a los cristianos a pensar que Israel ya no cuenta como pueblo de Dios, y que ahora el pueblo de Dios es otra nación diferente a la de Israel, concepto como el de un Israel Espiritual que tiene vigencia en contraste con el Israel Nacional que ha sido desechado por Dios (Ibíd. P. 144). Esta misma afirmación la reitera en su libro “Pablo el Rabino”, señalando que “Pablo nunca se apartó del Judaísmo, ni lo consideró abolido o superado, todo lo contrario, la manifestación de Mashiaj hizo que el judaísmo llegara al clímax de su desarrollo y plenitud.”. (p. 31.). De allí su implicación de que “No hay contradicción entre ser judío y vivir como judío y la fe en Yeshúa como Mashiaj.” (Ibíd. P. 21).




2. Conflictos con las Tendencias Mosaicas de los Judíos Cristianos de Jerusalén


Desde los inicios de la predicación entre los gentiles se suscitaron serios enfrentamientos con los creyentes judíos. Esta situación fue evidente cuando el Apóstol Pedro visitó a Cornelio y su familia en Cesarea (Cf. Hch. 11:1-3), pero de manera muy particular estas tensiones fueron más intensas y enfrentadas con el ministerio del Apóstol Pablo entre los gentiles y su mensaje dirigido a ellos en sus cartas epistolares (Cf. Hch. 21:21).



La situación con los creyentes judíos de Jerusalén fue extremadamente compleja. El arraigo a la Ley y las costumbres mosaicas causó fuertes controversias con las enseñanzas de Pablo, hasta el punto mismo de desacreditarlo y desautorizarlo como Apóstol del Señor.



La incomparable actividad del apóstol Pablo en pro del florecimiento del cristianismo gentílico chocó con un inconveniente serio, debido a las fuertes presiones de un grupo de creyentes de tendencia rígidamente farisaico-legalista proveniente de la iglesia de Jerusalén, que se oponía al recibimiento de los gentiles en la Iglesia, y que entrando encubiertamente en Antioquía a trataban de esclavizar a estos creyentes a las costumbres judaicas, pregonándoles que si no se circuncidaban conforme al rito de Moisés, no podían ser salvos. (Cf. Hch. 15:1,5,29.).



El riesgo era inminente. Si estas pretensiones hubieran tenido éxito entre los creyentes gentiles, el cristianismo hubiera dejado de ser universal para transformarse en una secta judía, lo cual contravenía los principios elementales del evangelio. (Gal. 3:28s; Efe. 3:3-6).



El asunto tuvo que ser afrontado por el cuerpo de líderes de Jerusalén y por la iglesia, siendo motivo de mucha discusión (Hch. 15:2-4,6-29), decidiéndose que se le eximan a los creyentes gentiles los asuntos relacionados a la Ley y las costumbres judaicas, excepto lo que tiene que ver con “las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre” (Hch. 15:19s). Posteriormente la resolución acordada fue comunicada, resultando en regocijo y consuelo para los creyentes de Antioquía, y esto redundó en significativa armonía y progreso de la obra entre los gentiles (Hch. 15:30-35).



A pesar de esta resolución, los conflictos con estos judíos aferrados a las costumbres mosaicas no cesaron, pues insistían en sus intentos de judaizar a los gentiles. El mismo Apóstol Pablo, en su deseo de volver a Jerusalén, les pide a los creyentes romanos que le ayuden orando a Dios, “para que sea librado de los rebeldes que están en Judea” (Rom. 15:30s), y esto por supuesto era una clara referencia no sólo de los judíos no convertidos sino también de los mismos judíos creyentes que no querían desligar su nueva fe de las costumbres mosaicas.



Habiendo arribado Pablo a Jerusalén, un buen grupo de creyentes le da la bienvenida cordial, y hasta gozosa, tanto a él como a los delegados gentiles que le acompañaban (Hch. 21:15-17). Esto da a suponer que, a lo menos, el ministerio del Apóstol entre los gentiles gozaba de significativa aceptación entre un considerable número de hermanos. Era, sin embargo, un encuentro privado; sólo un pequeño grupo acudió presuroso a saludarles, alegrándose con ellos de los grandes éxitos de la predicación entre los gentiles.



El encuentro oficial tuvo lugar al día siguiente, cuando Pablo y los suyos visitan a Santiago, reuniéndose allí con los ancianos (Hch. 21:18). Era un momento sumamente importante, situación que desde hacía tiempo tenía preocupado a Pablo.



El Apóstol les cuenta las experiencias de su ministerio entre los gentiles, y estos líderes se regocijan y alaban a Dios por los testimonios que escuchan de labios de su informante (Hch. 21:19,20). Sin embargo, en forma abrupta cambian el tema y lo centran en una controversia en torno a los informes recibidos de otros creyentes acerca de las supuestas enseñanzas de Pablo (Hch. 21:21). Los señalamientos eran delicados. Un grupo muy numerosos de judíos había creído en Jesús como su Mesías, y mantenían una devoción ardiente a la Ley y los ritos judíos (Cf. Hch. 21:20). Pero se les había mal informado en cuanto a las actividades del Apóstol en sus enseñanzas en todo el imperio (Hch. 21:21). No era verdad que Pablo, como se decía en Jerusalén, exigiese a los judíos convertidos que “renunciasen a Moisés” y que “no circuncidasen a sus hijos”; pero no cabe duda que su predicación, enseñando que la única fuente de justificación era la fe y que la Ley mosaica y la circuncisión no conferían al judío ninguna ventaja sobre el gentil(Cf. Rom. 1:16; 3:22; 4:9-12; 1 Cor. 7:17-20; Gál. 5:6), llevaba claramente a esas conclusiones.



Pablo no insistía precisamente en esos principios para que los judíos dejasen las observancias mosaicas, sino para asegurar con ello la libertad de los gentiles, pues difícilmente hubiesen admitido esas prácticas, y que además no tenían por qué admitirlas (Cf. El incidente con Pedro en Gál. 2:11-16).



Posiblemente los temores de Santiago y los Ancianos tenían que ver con estos creyentes “celosos de la Ley”, que pudieran reaccionar en protesta contra la presencia de Pablo y los hermanos gentiles en la iglesia, lo que pudiese destruir todo el valor de la hermanable y generosa embajada que de buena voluntad venía de parte de las iglesias gentiles. De modo que los líderes de Jerusalén le solicitaron a Pablo una deferencia especial hacia estos ritos judíos, a manera de que los creyentes judíos viesen a Pablo *****plir “las costumbres” en forma pública, para que todos comprendieran que no había nada de lo que se les había informado acerca de él, sino que él también andaba ordenadamente, “guardando la Ley” (Hch. 21:23s, espec. Vs. 24).



Para ambos bandos era claro que la salvación era por la fe en Jesucristo, como Pedro lo había hecho notar en el concilio de Jerusalén (Cf. Hch. 15:11). También era admitido por todos que la observancia de las prácticas mosaicas no estaba prohibida a los judíos que se convertían, siendo más tarde, a partir de la destrucción de Jerusalén y la expatriación de los judíos en el año 70 D.C., cuando por orden del Emperador se establece lo ilícito de las mismas. Posteriormente, cuando se escribe el libro de Los Hebreos, dichas prácticas fueron consideradas y sancionadas como fuera de lugar y sin significado alguno en relación con la obra de Cristo entre ellos (Cf. Heb. 3:1-6; 4:1-11; 8:11-19,23-28; 10:1-18).



¿Por qué razón Pablo participó de estos ritos judíos si él estaba en contra de los mismos? ¿Si Pablo no apoyaba el fariseísmo, por qué conciente en sus prácticas? (Cf. Hch. 16:3; 18:18; 23:6; 24:11-14; 25:8; 26:4-5; 28:17). Se debe estar claro en un principio de ley interpretativo, en donde una misma situación planteada en dos o más circunstancias distintas, amerita ser entendida y comprendida en función de ambos contextos, y no excluyente de los mismos. El hecho de que Pablo participase de los ritos judaicos no enseña con ello que él nunca se haya opuesto al fariseísmo, o que consintiese sus prácticas como parte imprescindible de las costumbres cristianas, pues el mismo principio tendría que aplicarse con respecto a su participación en las costumbres gentiles. Por ejemplo, bajo ningún aspecto a un judío se le permitía participar en una asamblea pública con los gentiles, y muchos menos hacerlo en sus plazas públicas, y ni pensarlo en el Areópago ateniense, ni tampoco como él les explica que pasaba y miraba sus santuarios, (Hch. 17:16-23), ni de comer con ellos, o ir a la orilla del río donde se reunían para invocar a las deidades paganas (Cf. Hch. 16:13). El hecho de haber participado en estas costumbres no quería significar con ello que el cristianismo gentil debía conservar sus tendencias paganas.



Si alguna explicación hubiese que buscar en la conducta de Pablo, ésta debe basarse en sus propias enseñanzas. Pablo aceptó participar en estas actividades judías, no por consentirlas dentro del cristianismo o por mantener su posición farisaica, sino para *****plir con aquello de hacerse a las costumbres de los judíos, y a las de los que estaban bajo la Ley (no estando él bajo la Ley), y a los que estaban sin Ley (no sin estar sin Ley, sino bajo la Ley de Cristo), y a los que estaban en debilidad, a fin de ganarlos para Cristo, “para que de todos modos salve a algunos” (Cf. 1 Cor. 9:19-23). Tratar de hallarle otro sentido a su comportamiento es especular y falsear la verdad.



En todo caso, Santiago y los líderes de Jerusalén dejan bien claro la resolución acordada en el concilio, que no se les impusiese a los gentiles guardar “nada de esto”, es decir (según su contexto), nada en lo relativo a la Ley y las prácticas judaicas, exceptuando los señalamientos relacionados a lo sacrificado a los ídolos, de ahogado, de sangre y de fornicación (Hch. 21:25).



3. Facciones Judeo-Cristianas de Tendencias Mosaicas entre las Iglesias de Galacia


La situación experimentada en las iglesias de Galacia fue harto compleja. La carta que lleva su nombre se escribe a razón de una especie de fascinación que estos creyentes sintieron hacia una forma de doctrina diferente y opuesta al evangelio, alejándose de la fe (1:6), desobedeciendo a la verdad (3:1), y apartándose de Cristo (5:4).



El asunto era grave, aunque ellos no lo asumieran así. Era de condenar (2:11) y de juzgar con toda amonestación y severidad (3:1,3). La situación era de temer, pues daba la impresión de haber sido en vano todo el trabajo de la evangelización entre ellos (4:11), y significaba que ellos estaban nuevamente bajo el yugo de esclavitud (5:1).



Ellos desautorizaban el ministerio y el mensaje del Apóstol, apoyándose en las actitudes de los otros líderes de Jerusalén (1:7-9,11,12). Se deja ver que para el momento en que se escribe la carta a los creyentes de Galacia, todavía la mayoría de los líderes de Jerusalén, inclusive los mismos Apóstoles, exceptuando a Pablo, mantenían muchas de las costumbres judaicas, razón por la cual estos creyentes apoyaban sus tendencias y desautorizaban a Pablo (Cf. 1:11s; 2:11-13), lo que provocó la reacción del Apóstol al enfrentarles en su desviación y error. Fuese Pedro, Bernabé, o los otros líderes judíos de Jerusalén los que estuviesen promoviendo directa o indirectamente esta forma de doctrina, aún así era de condenar con toda severidad (2:11,13s).



Estos creyentes estaban fascinados con una forma de doctrina opuesta al evangelio (3:1). El asunto era delicado por el hecho de la fuerte atracción que ellos sentían hacia esta nueva forma de doctrina, hasta el punto de la fascinación y el embeleso. Esto causó que de manera muy fácil ellos se alejaran de Dios, aunque ellos no lo sintieran ni admitieran así (1:6).



Ellos estaban maravillados y a gusto con una forma de cristianismo de facturación judaizante (Cf. 4:21). Las actitudes de Pedro, Bernabé y los líderes de Jerusalén estaban causando fuertes presiones sobre estos creyentes gentiles para que adoptaran las costumbres judaizantes (2:11-14). Estos creyentes procuraban un estilo de vida acorde a los requerimientos de la Ley (2:16,21; 3:1-5; 4:21); habían adoptado las costumbres judaizantes y las habían incorporado al evangelio (4:8-10; 5:2-4).



¿Cómo enfrenta el Apóstol este problema? ¿Qué argumentos utiliza para corregirles? Pablo hace todo un compendio de la doctrina contenida en el evangelio, y les va a dar respuestas y amonestaciones a causa de su extravío. Primeramente les advierte que cualquiera que les presente un contenido diferente al evangelio se hace maldito (1:6-10). Después les reitera que toda nuestra justificación, entendida como la acción salvadora de Jesús y la vida recta que resulta de ello, es resultado de creer en Cristo, sin los requerimientos de la Ley (2:16s). Como cristianos estamos muertos a la Ley mosaica. Ahora en su lugar tenemos el Evangelio, o lo que él llama “la ley de Cristo” (2:17-21 Cf. 6:2). Seguidamente, Pablo les amonesta con toda severidad al decirles que ellos están actuando con insensatez por querer volver a las tendencias judaizantes (3:1); tanta obstinación en este asunto era ya una necedad (3:3). Él les aclara que como cristianos ellos no debían volver a someterse a los antiguos requerimientos de la Ley (3:13,24s; 5:1,16 Cf. 2:20; 6:14); se apartan de Cristo si ellos vuelven a la Ley y las prácticas judaizantes (5:4), y no obtendrán ningún provecho en participar de estas cosas (5:2,6). Estas enseñanzas que les impulsa a querer volver a la Ley no proceden de Dios, y por lo tanto les estorbaba para no obedecer a la verdad (5:7s); esto les contaminaba en su vida espiritual (5:9).



El mensaje del evangelio no podía ser acomodado a los criterios particulares ni a las conveniencias personales, por muy a gusto que nos sintamos con ello. Todo cambio o anexión a la doctrina del evangelio se constituía en una perversión del mismo. Todos los que se mantuvieran firmes en este principio, redundarán en armonía, paz y misericordia de parte del Señor (6:16).





4. Constitución de un Nuevo Pueblo en el Plan Salvífico de Dios


¿Había en la mente de Dios la idea de constituir para sí un pueblo distinto a Israel como nación? Por muy controversial que sea la respuesta, en la mente de Dios y en su plan salvador sí estuvo presente la idea de constituir un pueblo diferente a Israel.



En la promesa dada a Abram, la bendición del Señor alcanzaría a todas las naciones (Gén. 12:3; 18:18; 22:18; 26:1-5; Is. 49:6). El profeta Oseas señalaba que Dios iba a llamar “pueblo” a quienes no eran su pueblo (Os. 1:10; 2:23). En la promesa del Mesías prometido, el profeta Isaías declaraba que todas las naciones acudirían a él (Is. 2:2,3), ofreciéndoles su salvación (Is. 45:22). De modo que sí, eran los planes del Señor el abarcar a todas las naciones agrupadas en torno a su promesa de bendición.



¿Eran los planes del Señor Jesucristo configurar un pueblo para sí? El Señor Jesús habló constantemente, con multitud de imágenes, de un nuevo pueblo de Dios, congregado por él. Jesús habló de un nuevo pueblo de Dios, refiriéndose a él bajo la imagen de un rebaño (Luc. 12:32; Mar. 14:27; Mat. 26:31; Jn. 10:1-29); un rebaño al que el pastor libra de la calamidad de la dispersión, un rebaño que él va congregando (Mat. 12:30; 15:24; Luc. 11:23; Jn. 10:1-5,16,27-30). El habló acerca de formar en torno a sí un rebaño constituido también por otras ovejas que no eran de su redil, a las cuales debía traer (Jn. 10:14-16). Jesús habló del nuevo pueblo de Dios, refiriéndose a él bajo la imagen de los invitados a alas bodas (Mar. 2:19), dé la plantación de Dios (Mat. 13:24; 15:13), la red de pescar (Mat. 16:18), o la ciudad de Dios, que está cimentada sobre el Monte Sión (Mat. 5:14), y cuya luz puede verse desde lejos (Luc. 16:8; Jn. 12:36). Ellos son los miembros de la nueva alianza (Mar. 14:24), en quienes se *****ple la promesa de la alianza, en la cual Dios es su maestro (Mat. 23:8 Cf. Jer. 31:33s). En dos oportunidades, ambas citas en Mateo, hablan de “edificar su iglesia” (Mat. 16:18), entendida como la Iglesia Universal, y mencionando además el orden y la disciplina que debía regir dentro de ella (Mat. 17:16s), referida a la Iglesia Local. En la orden dada por Jesús a Pedro, le encargaba apacentar sus corderos y ovejas (Jn. 21:15-17). No cabe duda, Jesús estaba hablando constantemente, con diversas imágenes, de la congregación del nuevo pueblo de Dios, de esa congregación que él esta reuniendo en torno a sí (Cf. Rom. 11:25).



¿Había alguna noción entre los judíos acerca de que Dios quería formar un nuevo pueblo, aparte de Israel? Sí tenían esta noción. Toda la vida religiosa del judaísmo contemporáneo con Jesús estaba fundamentalmente determinado por esta convicción, y orientaron sus acciones a tales intentos. Se apoyaban en palabras del Antiguo Testamento, de que “sólo el resto se salvaría”. De modo que a muchos les parecía que la tarea más urgente era congregar desde ese momento a ese “resto”.



Ellos estaban muy convencidos de la idea de Dios en cuanto a la configuración del remanente escogido, y de la salvación de la cual se hacían objeto todos aquellos que lo integraran, a tal efecto que pudieron manejar esta idea con toda su perfección. Ellos estaban claros que el pertenecer al pueblo judío no era una garantía de salvación, pensamiento que el apóstol Pablo lo repite (Cf. Rom. 9:3-8), y esto se entiende a partir de la formación de los dos grandes grupos religiosos convocados entre ellos, como fueron los fariseos y los esenios.



Los fariseos eran un movimiento laico que se había formado en la primera mitad del siglo II a.C. en la lucha contra la helenización. Sus miembros procedían de todos los sectores y estratos de la población. Casi siempre se trataban de artesanos y comerciantes. En tiempo de Herodes el Grande había en Palestina un reducido grupo de 6.000 fariseos, entre una población total de aproximadamente medio millón de personas. Se llamaban a sí mismos los piadosos, los justos, los temerosos de Dios, los pobres, y, con preferencia, “los separados”. Ellos pretendían ser los santos, el verdadero Israel, el pueblo sacerdotal de Dios.



Los esenios eran un grupo más numeroso que los fariseos. Al esforzarse por dar actualidad a la promesa del remanente, sobrepasaban los principios del movimiento farisaico, del que habían nacido. A diferencia de los fariseos, los esenios se separaban totalmente para vivir una vida comunitaria y claustral en Qumrán (en el declive escarpado de las desérticas montañas de Judá hacia el Mar Muerto). Igual que los fariseos, los esenios expresaban también la pretensión sacerdotal en su manera de vestir: todos los miembros de la orden llevaban vestiduras blancas de lino, las vestiduras de los sacerdotes en funciones. Si los fariseos exigían a sus miembros lavarse las manos antes de comer, los esenios radicalizaron esta práctica hasta convertirla virtualmente en un baño por completo antes de las comidas, para alcanzar de este modo el máximo grado de pureza. Los esenios, al considerarse a sí mismos como el pueblo sacerdotal de Dios, como el pueblo de los últimos tiempos, se aplicaban los atributos más elevados. Se llamaban a sí mismos “el resto”, “los elegidos de Israel”, “los sencillos de Judá”, “los hijos de la gracia”, “los varones de la santidad”, “los miembros de la nueva alianza”, “la gente de la vida perfecta”, “los hijos de su beneplácito”, “los pobres de la gracia”.



Las condiciones de admisión en la comunidad de los esenios eran de carácter exclusivista. Los miembros de la comunidad que tuviesen defectos físicos eran excluidos. Los locos, los alienados, los idiotas, los dementes, los ciegos, los paralíticos, los cojos, los mudos; ninguno de ellos podría ser admitido a la asamblea de la comunidad.



De modo que esta vigorosa expresión pre-cristiana de la idea del “resto” fue muy clara entre los judíos, y que va a servir de trasfondo al pensamiento de Jesús respecto a este remanente que él quería formar. El contraste entre Jesús y todos los intentos por formar comunidades de “resto” aparece en un lugar muy definido, a saber, cuando se trata de la separación con respecto a “los de afuera”. Es aquí donde llega el punto donde el camino de Jesús se separa de los intentos religiosos judaicos. El mensaje de Jesús, con su júbilo de salvación, abrió las puertas de una esperanza gloriosa para toda la humanidad.



Cuando Jesús ordena a los suyos que inviten a su mesa a los pobres, lisiados, paralíticos y ciegos (Luc. 14:13), y cuando en una parábola hace que el padre de familia invite a las mismas personas (Cf. Luc. 4:21), estaba suscitando un escándalo, conmoción y agitación al rechazar las tendencias separatistas judaizantes. Es el mensaje de la ilimitación e incondicionalidad de la gracia.



El Dios que Jesús predica es el Padre de los rechazados y de los perdidos; un Dios que tiene que ver con los pecadores y que goza de que éste regrese al hogar (Luc. 15:7,10). Por eso Jesús no sólo congrega al resto santo, sino también a la amplísima comunidad de salvación, a la comunidad del nuevo pueblo de Dios: una comunidad que está dispuesta a acoger a todos. Jesús abrió de par en par las puertas y llamó a todos, sin excepción, invitándolos al “gran banquete”.



¿Estaba en la mente de los apóstoles la idea de una iglesia igual a Israel? ¿Pensaban ellos que los que creyesen en Cristo llegasen a formar parte de Israel, sea en sentido místico o real? De ninguna manera. Los apóstoles separaron la Iglesia de Israel, presentándolos como dos entidades distintas.



La Iglesia no es Israel. El Nuevo Testamento no hace confusión entre Israel y la Iglesia. Israel es la descendencia física de Abraham (Hech. 1:26; 4:8,10,27; 5:21,31; 7:23); la iglesia, en cambio, es la descendencia de la promesa de Abraham (Cf. Rom. 9:3-8; 10:1; 11:1,25). Esta diferencia no significa que no deba verse ninguna relación entre Israel y la Iglesia, pues los dos tienen su parte en el programa de Dios, así como también lo tiene Egipto y los países árabes. Significa que si los judíos quieren ser salvos, deben creer en Cristo igual que los gentiles (Rom. 10:1-11; 11:1-6).





5. Testimonios de la Patrística Cristiana


Los primeros escritos cristianos que poseemos fuera de los que hoy forman el canon del Nuevo Testamento son los de los llamados “Padres Apostólicos”; reciben este nombre porque en una época se pensó que habían conocido a los Apóstoles. A través de ellos es posible recibir ciertas informaciones acerca de algunos de los problemas que afligían y preocupaban a los cristianos de los primeros siglos, y de manera particular el conflicto que tuvo que enfrentar contra el judaísmo.

Uno de estos representantes más sobresalientes fue Ignacio de Antioquia. Uno de los aspectos de las falsas enseñanzas que le tocó enfrentar tuvo que ver con ciertas tendencias judaizantes que hacían de Jesucristo un simple maestro dentro del marco del judaísmo. Ignacio creía que la posición de estos judaizantes hacía peligrar el centro mismo del cristianismo, pues negaba la encarnación de Dios en Jesucristo. De ahí su violenta oposición contra los judaizantes.



Otro de los escritos sobresalientes dentro de este período es La Epístola de Bernabé, obra que algunos llegaron a considerarla como parte del Nuevo Testamento, y que probablemente fue escrita en Alejandría alrededor del año 135. La parte doctrinal de este escrito trata de aproximar el Antiguo Testamento al Nuevo, por medio de la interpretación alegórica del primero con respecto al segundo. Los cristianos se enfrentaban a la aparente incompatibilidad entre algunos de los preceptos del Antiguo Testamento y las enseñanzas del Nuevo, además de la controversia que a los judíos les causó el surgimiento de la Iglesia cristiana gentil, controversia que giraba en torno a quién interpretaba correctamente el Antiguo Testamento. La intención de citar La Epístola de Bernabé es refutar la idea de un principio conciliatorio con las prácticas judaizantes entre los cristianos en este período.



Junto a los últimos Padres Apostólicos, aparecen en la historia de la literatura cristiana los llamados “Apologistas Griegos”, principales representantes de la defensa del evangelio por las falsas acusaciones en contra los cristianos. Justino Mártir es el más importante de los apologistas griegos del siglo II, sobre todo por la profundidad y originalidad de su pensamiento. En su lucha contra las tendencias judaizantes explicaba que el Cordero que debía ser sacrificado y asado señalaba a la pasión de Cristo, y la prueba de que todo esto era temporal la había dado el mismo Dios con la destrucción de Jerusalén, pues con ella resultaba imposible aún a los judíos *****plir con los preceptos del Antiguo Testamento. El pensamiento de Justino Mártir constituía un intento por lograr una interpretación cristiana del helenismo y del judaísmo, y a partir del cristianismo veía el único punto de vista desde el que se podía juzgar correctamente tanto al judaísmo como al helenismo, y no a la inversa.



El Discurso de Diogneto, cuya fecha se enmarca entre los siglos II y III, es una de las más antiguas apologías cristianas. Esta obra señala la sinrazón de los dioses paganos así como de las prácticas judías, y expone de manera positiva y sencilla el carácter de la fe cristiana, y que se manifiesta en la moral superior de sus seguidores.



Existen otras apologías perdidas, entre las que es bueno mencionar la Apología de Aristón de Pella, quien escribió la primera apología cristiana contra los judíos, además de las apologías de Milcíades y Apolinar de Hierápolis, con sendos escritos contra los judíos.



Al igual que Justino, Melitón también ofreció tenaz resistencia contra el judaísmo al insistir en que el Antiguo Testamento señalaba a Cristo en cuanto a los dichos proféticos y en cuanto a los tipos o figuras de lo que habría de acontecer a Jesús, independientemente de cualquier pretensión de hacer de esta parte de la Escritura la norma que dirigiera las prácticas de los cristianos.











6. Praxis Eclesiástica


El problema planteado respecto a sí el cristianismo admite las costumbres mosaicas queda plenamente descartado. Tanto la evidencia bíblica como la histórica, son fuentes fidedignas que hacen referencia acerca de la práctica de los primeros cristianos, y manifiestan la fuerte resistencia que el cristianismo presentó a toda pretensión judía de que tales prácticas fuesen admitidas dentro de su seno. Pretender que tanto el Señor Jesús como el Apóstol Pablo hayan abogado a favor del fariseísmo y de las prácticas mosaicas es una burda falsedad que atenta contra los principios elementales del evangelio.



Quiero llamar la atención a la necesidad del estudio profundo, serio y respetuoso de las normas de interpretación bíblica, como condiciones imprescindibles para diferenciar la verdad del error. No podemos conformarnos con la sencillez de un mensaje que sólo se acoge al más mínimo esfuerzo de estudio, con el riesgo de tergiversar la información por la falta de esa profundidad que amerita un estudio de esta naturaleza. La luz de nuestro faro, la Palabra de Dios, que alumbra en medio de las tinieblas del error y de la herejía, no puede verse empañado por este vicio, falla que ha hecho del pastorado y de la docencia bíblica, el foco de la crítica y el cuestionamiento de muchos.



También hemos de advertir el cuidado que, por causa de nuestras apreciaciones personales, podemos causarle daño a las iglesias locales del Señor. Es un mal síntoma que siempre este tipo de manifestaciones cause fricciones, malestar, conflictos, desorden y hasta división en el seno de muchas congregaciones. Esto no necesariamente es un indicativo de que cada vez que esto suceda es porque estas manifestaciones sean heréticas o erróneas, sin embargo, es una señal que nos advierte que las cosas no andan bien, lo que obliga a revisar los postulados que fundamentan a las mismas, a objeto de verificar si las cosas que declaramos ser ciertas, hallan un soporte fehaciente a la luz de las Escrituras.



Abstengámonos del esnobismo avasallante de los últimos tiempos, aunque eso signifique estar a la zaga de los supuestos estandartes de la moda evangélica. Preocupémonos por hablar de lo que Dios ha hablado, y evitemos poner en boca del Señor lo que jamás él ha dicho, pues en caso contrario todo nuestro esfuerzo por declarar la verdad será tan solo un compendio de especulaciones y mentiras descaradas.











Del Autor.

El Hno. Ender Urribarrí B. es Licenciado en Teología, el año 81 egresó ***** Laude del Seminario Evangélico Asociado S.E.A. ubicado en la ciudad de Maracay, estado Aragua, Venezuela. Ha trabajado en misiones y ejerciendo el pastorado por 25 años, trabajando 9 años con la Asociación de Iglesias Libres A.D.I.E.L., y 15 años en la Organización Venezolana de Iglesias Cristianas Evangélicas O.V.I.C.E.. Su actividad académica incluye el desempeño por 3 años como profesor del Instituto Bíblico Ebenezer I.B.E. localizado en la ciudad de San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela, así como varios años en la docencia musical. Actualmente es el pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica “El Redentor” en la ciudad de Maracaibo, Estado Zulia, Venezuela.


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